Sabor a Napoli

Pocos son esos momentos en la vida que logran que tus vellos se ericen, esas sensaciones que por más que se quiera, es imposible expresar con palabras, esas que de alguna mágica manera te hacen olvidarte de todo por un momento y querer detener el tiempo sin saber por qué.

Yo lo viví en mis últimas vacaciones familiares, y qué vivencia…

Chiapas es el lugar. Era la segunda vez que me paraba en ese paraíso natural mexicano, un himno a los colores, al buen café, a las artesanías y a la buena comida.

Cuando visité el estado hace un año por primera ocasión quedé enamorada. Nunca había visto ni he vuelto a ver un lugar más hermoso, diverso, natural y lleno de alegría. Desde entonces es para mí el lugar más bello del mundo y lo presumo con orgullo con cuanta gente puedo.

Llegué a México la segunda semana de junio después de haber vivido cinco meses en Alemania. Durante mi tiempo allá pude escaparme a París, Praga, Viena, Zúrich, y además recorrer algunas ciudades alemanas. Aún con toda la belleza de Europa, la excelente cerveza y el mejor pan de la tierra, tengo que admitir que –como cualquier mexicano que esté fuera del país– lo que más extrañaba era la comida, y vaya que la extrañaba mucho.


* * *


Aunque claro que lo primero que hice cuando llegué a México fue estacionarme en la entrada de una taquería –Los Arcos, por cierto, sobre Lomas Verdes–, no fue sino hasta casi dos meses después de pisar México que mi paladar volvió a deleitarse, a sentir algo parecido a lo que el mole rojo de mi abuela le provocaba cuando me cocinaba de niña.

Lo gracioso de esto es que no se trató de comida mexicana, sino de comida italiana.


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Era mi tercer día en Chiapas, mi familia, la familia Gaihlard (de Marcel, un amigo de mi hermano menor) y yo íbamos llegando al centro de San Cristóbal después de una excursión que no logro recordar a dónde fue. Ellos son cuatro: Marcel y Lili y sus hijos Pau y Marcel (ito). Era su primera vez ahí y la primera vez que viajábamos las dos familias juntas.

Eran alrededor de las dos de la tarde y arrojábamos fuego por las orejas de tanta hambre que teníamos. Marcel papá tenía antojo de hamburguesa, pero muy cómicamente nadie de su familia (o de la mía) le hizo segunda, así que comenzamos a caminar por los andadores del centro buscando un lugar que empatara con todos y que no fuera pizza, porque al día siguiente era martes de pizza en el hostal.

Recorríamos exactamente el andador Real de Guadalupe y era prácticamente imposible decidir entre tantos lugares que además de verse deliciosos, tenían excelentes hosts en la entrada que vaya que sabían vender muy bien sus restaurantes a los turistas que caminaban por ahí.

Frente al número 23B, a Lily y Marcel los abordó un joven que no sé qué les estaba vendiendo, pero seguramente era algo muy interesante porque no se movieron de ahí por casi media hora, y con ellos, nosotros.

Del otro lado de la calle, un señor muy amable y simpático con bigote nos invitó a pasar a su restaurante. No le prestamos mucha atención en los primeros minutos de la conversación de Lily y Marcel, pero ya cuando habían pasado más de veinte, todos estábamos a punto de desollarnos entre nosotros. Necesitábamos comer en ese instante.

Era un restaurante italiano, La Bella Napoli. Al entrar nos recibió una ambientación de tonos azules e iluminación tenue que daba cierta tranquilidad, acompañada de música en español. Nos sentamos en una mesa con justo ocho lugares que estaba en el centro del lugar, justo frente al bar, y que pareciera nos hubiese estado esperando.

Al fondo estaba un horno que funcionaba con leña, muy elegante. Justo al lado colgaban en la pared las palas y espátulas gigantes con las que se le introducen las pizzas o panes, y debajo yacía un montón de leña, que parecía haber sido acomodada por un decorador profesional. A cargo del horno está Lety, una chica simpática y muy bonita originaria de Chiapas, que idolatra a Renato y logra preparar unas pizzas perfectas, siempre siguiendo la técnica del chef.


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Haber entrado a ese lugar es por mucho una de las mejores cosas que he vivido en mucho, mucho tiempo. Apenas nos sentamos, vino una bienvenida acogedora que sumó otro punto a la atención del simpático host de bigote. Se trataba del dueño y chef del lugar: Renato. Un hombre de amigables ojos verdes, de unos sesenta años, cabello cano muy rebajado, nariz algo aguileña y abultado abdomen.

El orgullo con el que presumió ser originario de Napoli, Italia (Nápoles en español), me llamó la atención casi tanto como la seguridad con la que afirmó que la pizza napolitana es la mejor del mundo. Nos recomendó algunos platillos y aunque aseguró todos serían exquisitos, la pizza era la estrella del lugar.

De tantas delicias que se leían en el menú no me podía decidir por ninguna hasta que encontré finalmente mi punto débil: la pasta a los cuatro quesos, Quattro Formaggi en italiano.

Creo que hay pocas cosas a las que no me puedo resistir, y en la punta de esas cosas está el queso. Cualquier queso de cualquier origen en cualquier presentación, es mi mejor amigo, y la pasta con queso no puede tener otro significado que perfección.

En la mesa decidimos pedir la comida al centro: dos pastas, dos ensaladas y tres pizzas. La verdad no recuerdo las especialidades de pizza que ordenamos, sólo la de peperoni, porque yo fui la autora.

Lily también es, como yo, devota del queso, y las dos esperábamos con demasiada ansiedad (al menos yo) la pasta que íbamos a compartir.

Yo estaba jugando con mi cámara: tengo que aceptar que mi humor no había sido el mejor esos días, pero tener la cámara en la mano siempre hace que me olvide de todo, hasta del hambre.

No pasó mucho tiempo y la comida por fin llegó a la mesa, y con ella el chef Renato. El hombre habla con mucha calidez, pero sobre todo con mucho amor, amor hacia su cocina y hacia su comida. Me comentó que todo se preparaba artesanalmente, ya sea por él o por sus dos cocineros, a los que él entrenó con su técnica, claro.

Después de que Pau se sirvió pasta fue mi turno. Ya había echado un ojo a la ensalada con mango y a las pizzas, pero esa pasta me estaba llamando. La porción era pequeña pero suficiente para compartir, aunque tengo que aceptar que quería comérmela toda y repetir tres veces, o las que se pudieran.

No sé, no tengo la menor idea de cómo comenzar a describir con palabras lo que le pasó a todo mi cuerpo cuando probé esa pasta. Quiero pensar que muchos recuerdan la película Ratatouille, de Pixar, esa en la que Remi, una rata de alcantarilla, resulta ser el mejor chef de Francia. Casi al final de la película, Remi tiene el reto de sorprender al crítico más severo que ha enfrentado el restaurante: Ego. Bueno, cuando Ego prueba el Ratatouille, platillo que Remi decidió servirle, la sensación es tan perfecta que su mente viaja hasta su infancia, cuando comía en casa la sopa que preparaba su madre.

Eso mismo, exactamente, me pasó a mí.

Podrá parecerles a muchos exagerado, pero no recuerdo cuándo fue la última vez que una comida me hiciera volar. Era perfecta, incluso ahora escribiéndolo, lo recuerdo y quiero regresar el tiempo a ese primer bocado. Nunca probé algo igual en mi vida. Mi mal humor se evaporó en un instante y con él, todo a mi alrededor.

Cuando el chef Renato vio la expresión de mis ojos se me acercó a preguntar si me había gustado la comida. No puedo contar cuántas veces le di mis felicitaciones, e incluso le agradecí por ser capaz de crear algo tan perfecto, tan artístico y tan satisfactor.

Después de la pasta, seguí consintiendo a mi estómago con la pizza a la leña y la ensalada, ambas también una delicia. Para cerrar con broche de oro, pedí un helado de Nutella, que por cierto, fue preparado personalmente por el chef.


* * *


Renato lleva cuarenta años dedicándose a la cocina italiana, y qué bien lo logra. Y por si todo lo anterior no hubiera bastado, el señor también es cantante en el lugar y nos endulzó los oídos con unas cuantas canciones románticas… italianas, por cierto.

La gastronomía, aunque muchos lo duden, es también un arte, y como todo arte tiene la obligación de hacer sentir a la persona que lo presencia. Un chef es un artista, y si logra provocar lo que esa pasta –y el resto de la comida– provocaron en mí, personalmente se gana mi respeto (y mis ganas de mudarme).

No salí del estado de trance hasta bastantes horas después, ya de noche. Esperaba que pudiéramos volver una vez más antes de salir hacia México. Claro que no pasó, había más delicias que probar en el viaje, pero de algo estoy segura, y es que voy a volver, muy pronto.


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© 2020 Nayeli García Fotografía.  

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