Un escape por parentesco


El miedo que recorría el cuerpo de Lamin de pies a cabeza no era a la muerte misma… era a la tortura, al encierro, al dolor que sufrirían sus padres y al que sufriría él en manos de su monstruoso gobierno. Estaba a punto de ser el tercer caso de su familia en sufrir una desaparición forzada y estaba consiente, todos lo sabían, su abogado acababa de advertírselos con voz cruda y desesperanza. Debía salir de Gambia de inmediato o resignarse a aguardar ese asalto en su hogar a mitad de la noche, ese que seguramente borraría su rastro para siempre.

Una de las miles de historias que un sinnúmero de personas viven en la sombra, una sombra dentro de un continente olvidado que padece una situación igual de desesperada y cruel que los países de oriente medio a los que apuntan los reflectores y notas de prensa desde el comienzo de la crisis migratoria en el Mediterráneo.

África, con países consumidos por las muertes, guerras, milicias, autoritarismo, gobiernos asesinos, hambruna, estados fallidos, economías devastadas e intolerancia, acumula actualmente quince millones de desplazados por conflictos internos y tiene un papel trascendental en la crisis de inmigrantes y refugiados en Europa, mismo que ha pasado un tanto desapercibido por los medios y las sociedades occidentales.


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En un autobús de la Abendlinien, o línea nocturna, rumbo al campo de refugiados de Fallenbrunen, en la ciudad de Friedrichshafen al sur de Alemania, Lamin Keita, quien pidió que su nombre verdadero no fuera publicado, cuenta cómo es que la intolerancia política en su país hizo pagar a su familia un precio que no debía y lo obligó a huir a Europa y sumarse a las cifras titánicas y expansión del negocio de tráfico de personas por el Mediterráneo. Su voz entrecortada al hablar del tema y su particular acento africano hacen a sus palabras un poco difíciles de entender y en ocasiones debe repetir dos o hasta tres veces la misma oración.

Lleva una chaqueta color verde neón que contrasta con lo obscuro de su tez, sus labios son gruesos, sello de su raza, y su estilo de cabello afro lo distingue simpáticamente del resto de personas a bordo.

En el cuarto número 103 en el tercer piso del edificio número uno del campo de refugiados, Lamin amanece todos los días esperando escuchar buenas noticias de su país, noticias que hasta ahora no han llegado.


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En una pequeña franja de África occidental rodeada casi por completo por Senegal, justo a un costado del océano Atlántico, Gambia, el país más pequeño del continente, enfrenta una crisis política y social que hace años no ve fin. El gobierno no ha visto la alternancia desde el golpe de estado de 1994 en el que Yahya Jammeh, actual presidente, derrocó al líder de la independencia y entonces dictador, Dawda K Jawara. Un segundo régimen opresor se ha apoderado del país en los últimos veintiún años, la población vive vulnerable y no hay lugar para la oposición o la libertad de expresión. Esto lo sabe bien la familia de Lamin, quienes en poco más de dos años han sufrido dos pérdidas a manos del gobierno.

«El presidente está matando y desapareciendo todos los días a gente inocente».

Lamin tiene apenas veintidós años y ya busca asilo político en Alemania. Ha podido aspirar a él de milagro y con mucha suerte y convicción luego de sobrevivir a un peligroso e interminable cruce por África en el que decidió adentrarse huyendo de ser el próximo blanco mortal de su gobierno. Luego de una larga indecisión, cruzó la frontera de Gambia a principios de 2015 con rumbo a Libia, dejando a su familia, amigos, y vida detrás.

Hace poco menos de cuatro años, el cierre del 2012 trajo consigo el comienzo de la época más obscura, terrorífica y dolorosa para la familia de Lamin. Su tío, hermano de su padre y miembro del principal partido opositor, el Partido Democrático Unido (UDP), fue arrestado clandestinamente por la policía secreta del presidente Jammeh, privado de su libertad y torturado por un gobierno que no concibe que una voz se alce en su contra. Los problemas de represión con la política apuntaron la mira a su familia luego de que su tío –hermano de su padre– ganara un escaño en la Asamblea Nacional en las elecciones parlamentarias de enero del 2007 tras derrotar al candidato oficialista de la Alianza para la Reorientación y Construcción Patriótica (APRC) −partido en el poder presidencial−, Aba L. Yabou. El UDP logró en aquella ocasión ganar cuatro lugares en la Asamblea.

Al término de su periodo de cinco años de actividad y finales del mes de diciembre del 2012, el gobierno gambiano cobró al tío de Lamin su primera factura. En medio de una noche tranquila, miembros de la policía secreta de Gambia, conocidos como Junglers, irrumpieron en su casa y en nombre del presidente lo arrestaron. «Cuando una persona es arrestada en Gambia no te molestes en ir a buscarla, no la vas a encontrar a menos que el gobierno la devuelva».

A primera hora del siguiente día su familia comenzó la búsqueda: pidieron ayuda a la policía y esta negó tener información de su paradero y se rehusó a comenzar una investigación. Las semanas pasaron y el timbre de su casa sonó por fin con la noticia de su liberación. Al llegar a casa las marcas de tortura física y psicológica fueron evidentes, el Estado había atentado contra su dignidad. La reacción de sus familiares y amigos fue aconsejarle huir del país, a lo que se negó rotundamente. Estaba decidido a morir en Gambia y no tenía ninguna intención de abandonar su vida o a su familia.

Dos años después y ya inactivo en la asamblea, una madrugada del 2014 los Junglers irrumpieron una vez más en su habitación y lo llevaron preso, desvaneciendo su rastro durante tres semanas. Esta vez las cosas serían distintas: durante su detención vivió una tortura cuya fuerza no se comparaba con aquella ocasión dos años atrás: larga, cruel y asesina del alma, de esas que dejan sin voluntad para seguir viviendo. Nunca quiso contar a su familia lo que vivió en manos de los Junglers, pero narra Lamin que su mirada lo decía todo. Después de liberado, vivió con graves daños emocionales y falleció pasados dos meses.

Su hijo mayor comenzó inmediatamente a buscar respuestas. Nada estaba claro: qué pudo haber detrás de su muerte, qué pudo pasarle mientras estuvo preso, qué cosa tan grave vivió que terminó por matarlo. Junto con Lamin, intentó buscar pistas por todas las formas legales. Ambos sabían que era un enemigo del gobierno y que, si bien éste no había sido el autor directo de su muerte, la tortura que sufrió había hecho buena parte del trabajo. No existió un juicio o procedimiento legal en su contra que respaldase la privación de su libertad y su familia tenía total conciencia de que todo se había ejecutado fuera de la ley.

«En Gambia no puedes estar contra el gobierno, es casi seguro que te van a matar. Te van a quitar tus papeles, no vas a poder salir… estás condenado».

Lamin y su primo −hijo mayor de su fallecido tío− se dedicaron por meses a buscar asesoría legal y ayuda de las autoridades sin éxito. La noticia de su movimiento llegó a oídos del gobierno y el primo de Lamin fue arrestado a inicios de 2015 en medio de la ola de desapariciones forzadas que comenzó luego de un intento de golpe de estado en diciembre de 2014. Su pista desapareció por completo, hubo nula comunicación con su familia y la policía volvió a negar en su caso tener información.

Amnistía Internacional reportó en su informe anual 2015/2016 que desde enero de 2015 «docenas de amigos y familiares de personas acusadas de estar involucradas en el intento de golpe de estado en diciembre de 2014 han sido detenidas e incomunicadas, mientras el gobierno gambiano se rehúsa a reconocer estas detenciones y a proporcionar información del paradero de estas personas». Al igual que en muchos de estos casos, ningún aviso sobre el bienestar o la situación del primo de Lamin llegó.

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Los Junglers son fuerzas militares especiales que operan a órdenes del presidente Yahya Jammeh. Se trata de soldados cuya fuerza física se distingue y que son elegidos y entrenados para el único objetivo de apresar, torturar y asesinar a cualquiera que el gobierno considere haya cometido una insolencia. Un ex oficial gambiano −también ex prisionero del gobierno− los describió en un reportaje de la organización Human Rights Watch publicado en septiembre de 2015 como «un grupo élite e intocable del presidente que puede matar, violar, torturar y detener incomunicado a quien le plazca».

Gambia es desde 1994 oficialmente una república presidencialista democrática; el presidente es elegido por sufragio universal para un período de cinco años y el poder legislativo reside en la Asamblea Nacional, unicameral y compuesta por cincuenta y tres miembros, de los cuales cinco son elegidos por el presidente. Aun siendo en la Constitución una democracia, en la práctica se trata de una dictadura represora: no ha habido ventana abierta a un cambio de gobernante y el partido en poder −la Alianza para la Reorientación y Construcción Patriótica− tiene una predominancia casi total en los asientos de la asamblea. La oposición se compone de tres partidos: el Partido Democrático Unido (UDP), la Organización Democrática del Pueblo por la Independencia y el Socialismo (PDOIS) y el Partido de la Reconciliación Nacional (NRP). Juntos ocupan a duras penas seis lugares en la asamblea.

El sistema de gobierno gambiano con Jammeh a la cabeza está diseñado para bloquear completamente cualquier intento de golpe de estado: el presidente mismo elige a los funcionarios encargados de gestionar las elecciones y dirige el proceso de creación de leyes, tarea propia de la asamblea. Se trata de una estructura plenamente unipartidista sin apertura al cuestionamiento y cuyo principal agente de poder es el miedo.

Según un artículo del portal Global Voices, las principales violaciones contra los derechos humanos en el gobierno de Yahya Jammeh se ejecutan contra periodistas, defensores de derechos humanos y políticos de la oposición.

La organización Artículo 19 publicó en enero de 2015 un llamado a los medios de comunicación a «prestar atención a las violaciones a los derechos humanos en Gambia». Amnistía Internacional habló a su vez en su informe 2015/2016 del último intento de golpe de estado en el país en 2014 y el seguido aumento del número de detenciones y desapariciones forzadas. Expuso los métodos de tortura del gobierno gambiano que incluyen «palizas, descargas eléctricas, simulacros de ahogamiento y reclusión en hoyos en el suelo». El informe menciona asimismo la represión a la libertad de expresión, las detenciones, ejecuciones, persecución de los homosexuales, e impunidad.

Luego de presentar el Examen Periódico Universal (EPU) −mecanismo de evaluación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU− en octubre de 2014, Gambia recibió 171 recomendaciones entre las que destacaban las referentes a la investigación y procesamiento de violaciones a los derechos humanos, desapariciones forzadas, abuso de autoridad, ejecuciones extra judiciales, detenciones injustificadas y restricción a la libertad de expresión. También resaltó la urgencia de la institución de un organismo defensor de Derechos Humanos y la necesidad de combatir la impunidad. Gambia rechazó 78 de las 171 recomendaciones.


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Lamin sabía que después de la desaparición de su primo él sería el siguiente en la lista. Investigaban juntos, buscaban a las autoridades juntos, ¿por qué solo uno estaba preso? Nada puede asegurarse, pero de una u otra manera la detención de su primo le había dado una nueva oportunidad de vida.

Por haber estado por años involucrados indirectamente en la política, la familia de Lamin conocía bien al abogado y político líder del UDP, Ousainou Darboe. Darboe intentó ayudar inmediatamente a buscar por todos los medios y a través de sus influencias información del paradero del primo de Lamin, pero aún con éstas no pudo aproximarse a nada. Reportó el caso a la corte para su investigación, pero las autoridades le negaron el apoyo e incluso le amenazaron con detenerlo si descubrían que estaba interviniendo. Advirtió a Lamin que saliera del país, sabía que las desapariciones forzadas iban a continuar y no existía ninguna certeza de que su primo volvería a casa.

Lamin vivía en ese entonces con su abuelo, trabajaba a pocas cuadras y visitaba a su familia una o dos veces por semana. Luego de casi un mes de debatir entre el sí y el no, decidió que saldría del país para refugiarse y trabajar en Libia. Sin dar aviso a sus padres tomó un autobús con rumbo a Senegal. La situación económica de su familia era privilegiada en comparación con la vida promedio en Gambia y tenía suficientes ahorros para salir de inmediato.

Cruzar las fronteras en muchas zonas de África es jugar con fuego: a su llegada a Senegal, los oficiales de control de migración le bloquearon el paso y lo sometieron a un interrogatorio del que salió limpio diciendo que ingresaría al país para trabajar como soldador. De Senegal tomó un segundo autobús que lo condujo durante dos días a Malí y al llegar tuvo nuevamente que pasar por el control fronterizo. En esa ocasión las cosas fueron más complicadas: los oficiales no lo dejarían cruzar el borde a menos que pagara una cuota de 13 millones 119 mil 140 francos FCA de África occidental, equivalentes aproximadamente a 20 euros. Del sur de Malí cruzó a Burkina Faso y después a Níger, donde permaneció dos semanas mientras encontraba la forma de llegar a Libia. En ambos países tuvo que sobornar a la policía de migración cada vez con una cantidad mayor. El miedo y la incertidumbre eran sus fieles acompañantes y cada día encontraba un nuevo hueco de dónde sacar fuerza para continuar el viaje.

Apenas llegó a Níger compró una tarjeta de prepago y pidió prestado un teléfono celular a un extraño para llamar a su madre. «Mi mamá fue la única con la que hablé. No contacté a mi familia durante el viaje porque no quería que me alimentaran con información negativa, no necesitaba eso».

Después de esas dos semanas y de hacer algunas conexiones, pagó 262 millones 382 mil 800 francos FCA (alrededor de 400 euros) a un hombre −con el que nunca tuvo contacto directo− para cruzar hacia Libia. Durante seis días Lamin atravesó el desierto del Sahara a bordo de una camioneta Toyota Hilux 4x4 sin ver nada más que arena, un sol agotador y un camino perenne. Cuando por fin llegó al punto de control fronterizo en Libia tuvo que pagar nuevamente lo equivalente a 20 euros para poder entrar. Desde su salida de Gambia había gastado en transporte, comida y sobornos a las autoridades lo equivalente a 800 euros: 524 millones 765 mil 600 francos FCA de África occidental o 39 mil 080 dalasis gambianos.

Dentro de Libia se desplazó durante tres días de ciudad en ciudad hasta lograr establecerse en una pequeña habitación en Trípoli −capital del país−, donde encontró rápidamente un trabajo como soldador en un pequeño taller que le dio 75 dalasis al día, dinero suficiente para cubrir su renta y comida. «No quería solo estar ahí sentado sin hacer nada, comiendo poco y sin dinero para un lugar dónde dormir».

Lamin se dio cuenta inmediatamente de que había salido de un hoyo negro para entrar en otro. Desde la caída del dictador Muamar Gadafi en 2011 Libia está estancada en un proceso de reconstrucción social y política. La inseguridad interna es un problema alarmante y el conflicto armado ha obligado a los residentes a adoptar un estilo de vida en la milicia popular.

«Las personas en Libia viven una situación horrible, niños de seis años ya cargan AK-47. Todos están armados: hombres, mujeres, niños y ancianos. No hay filtros en Libia, o matas o mueres».

Además de no tener siquiera la certeza de poder estar seguro en su habitación, el jefe de su entonces trabajo no le pagaba lo acordado y a duras penas cubría sus gastos. Estas condiciones lo llevaron a la decisión de arriesgar su vida nuevamente y cruzar el Mar Mediterráneo hacia Europa.

Mientras hallaba la forma de viajar a Italia, vivió en Trípoli poco más de un mes: su rutina se limitaba a trabajar en la soldadura, comprar provisiones y estar en su habitación. El alivio que llegó al pisar Libia se había esfumado: estaba consciente del conflicto armado de 2011 y sabía que la situación ahí sería también difícil, pero no imaginó que tanto, ni que no se compararía ni por poco con su vida en Gambia.

En su cuarta semana en Libia, unos fuertes golpes en su puerta lo despertaron una mañana. Hombres armados con AK-47 irrumpieron en su habitación, cortaron cartucho y le ordenaron: «danos todo lo que tengas o juramos que vamos a dispararte a muerte». Lamin pudo engañarlos lo suficiente cuando reconoció que la lengua que hablaban era árabe, lleva años practicándolo y lo domina casi a la perfección. Respondió a todas sus preguntas y logró salir ileso. Rápidamente le quitaron todos sus documentos personales y teléfono celular. Afortunadamente no hubo forma de que encontraran su dinero y decidieron cobrarse con alguien más en el siguiente dormitorio. «No me preocupó que se llevaran mis papeles, era mi dinero el que importaba».

Luego del incidente y aún con 655 millones 957 mil 000 francos FCA (1000 euros) para pagar su cruce por el océano, dejó su habitación y trabajo sin dar aviso a su jefe. «No tenía idea de qué pasaría si le decía que me iba. Después de lo que vi en ese país, no sería sorpresa que me hubiera herido de alguna manera o incluso matado».


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En Libia los africanos tienen oportunidad de encontrar trabajo, pero es uno de los lugares más peligrosos del continente. Los valores sociales y morales han sido rebajados y la única prioridad de las personas es sobrevivir de la forma y al precio que sea. Por si esto fuera poco, el grupo extremista Estado Islámico (ISIS) está aprovechando el caos dentro del país y la falta de gobierno de unidad nacional para expandirse hacia su interior y así alejarse de los bombardeos de Estados Unidos, llegando cada vez más cerca de Europa.

Lamin sabía que emprender el viaje por mar era en todas las formas peligroso y que las probabilidades de no salir con vida eran altas. Aún con esto no dio marcha atrás y subió a un rubber boat de aproximadamente 6 metros de largo por 3 metros de ancho con rumbo a las costas de Italia. «Había pasado la parte más difícil del camino. Preferí arriesgar mi vida en el mar que morir en Libia».

Guarda bien la imagen en su mente: el bote partió a las 12:25 horas del mediodía al mando de un capitán agresivo que gritaba constantemente a sus más de 100 tripulantes, todos de diferentes partes de África y Asia. Los nervios eran tan fuertes que lo único que Lamin podía hacer era sentarse cabeza abajo, sin apetito y con una sed inmensa. Pensaba en sus padres y en su abuelo, y en lo importante que era llegar al otro lado con vida para no causar a su familia una pena otra vez.

Después de recorrer durante doce horas el Mediterráneo y habiendo dejado detrás los límites de la costa de Libia, el motor de la lancha dejó de funcionar y quedó varada en medio de la zona internacional. Las personas a bordo estaban en shock, vivían su peor miedo: todos habían escuchado por lo menos una historia de muerte de hombres, mujeres y niños que huían de las atrocidades de sus países en busca de una mejor vida en Europa. Sabían que estaban en medio de la vida y la muerte y ahora esas historias podían ser las suyas.

«Era como si el bote hubiera estado vacío, todos estaban en silencio, algunos tal vez llorando en su corazón».

- ¡Estamos en medio de la nada!

Gritó en francés un hombre que había viajado desde la República Democrática del Congo huyendo también de alguna otra situación desafortunada. Lamin había aprendido francés en la escuela y silenciosamente escuchaba y acompañaba los llantos de ese hombre desesperado.

Estaba sentado en la punta delantera del bote, con la cabeza baja y sin decir palabra alguna. Pensaba en su madre y en cómo se sentiría si él muriera en el camino, si había valido la pena arriesgar su vida o si hubiera sido mejor simplemente quedarse en Gambia con su familia.

Durante otras doce horas la lancha permaneció encallada. De pronto, a lo lejos todos pudieron ver el que sería un barco rescatista de la guardia costera italiana. La mirada de las personas se llenó de alegría y varias comenzaron a llorar mientras rezaban a sus dioses en distintos idiomas.

«Después de que nos rescataron pasamos otras dos noches en el mar a bordo del barco. No sé, seguro había muchos más botes y personas que rescatar».

El barco arribó por fin a Siracusa −en la costa sudeste de Sicilia− y Lamin junto con los demás inmigrantes fue transferido a un campo de refugiados en la isla de Cerdeña.


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El tráfico de personas por el Mediterráneo es un negocio multinacional de proporciones gigantescas que genera aproximadamente 650 millones de dólares al año.

El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) publicó en su informe en julio de 2015 la cifra de 137 mil llegadas de inmigrantes a Europa por el mar Mediterráneo entre enero y junio en las costas de Grecia, Italia, España y Malta. Para fines de septiembre del mismo año, los gobiernos de la Unión Europea habían recibido más de un millón de solicitudes de asilo. El informe afirma que un tercio de estos refugiados son originarios de Siria, mientras que en segundo y tercer lugar están los inmigrantes procedentes de Afganistán y Eritrea. Entre las diez principales nacionalidades de procedencia de inmigrantes están también los nigerianos, sudaneses, somalíes y gambianos. El número de llegadas reflejó un aumento del 83 por ciento en comparación con la primera mitad del 2014. Hablando específicamente de los inmigrantes que cruzaron del norte de África a Italia, el total en 2015 fue de 150 mil.

La agencia de la ONU sostiene que «la gran mayoría de las personas que cruzaron el mar Mediterráneo hacia Europa en los primeros meses del 2015 huían de la guerra, los conflictos armados o la persecución». El número de muertes también es trágico; la ACNUR registró a su vez alrededor de 3 mil 500 fallecimientos en 2014 en el cruce de África a las costas del sur de Europa. En 2015, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) contabilizó 3 mil 770 decesos únicamente en este cruce por el Mediterráneo. En total, la OIM estimó que más de 5 mil 350 inmigrantes y refugiados perecieron en 2015, convirtiéndose en el año con más muertes desde el inicio de la crisis migratoria.

El 19 de abril del 2015 alrededor de 700 migrantes desaparecieron luego de que el barco en el que viajaban del norte de África a Europa se hundiera cerca de Libia.

Durante los primeros tres meses del mismo 2015 −periodo en que Lamin alcanzó la isla de Sicilia− se registraron más de 10 mil llegadas de refugiados a las costas de Italia, más otros 2 mil rescates en el canal de Sicilia en las primeras dos semanas de abril.

El 15 de noviembre del mismo 2015 se llevó a cabo la Cumbre de la Valeta en la isla de Malta, donde 63 líderes europeos y africanos se reunieron con el objetivo de establecer políticas y estrategias comunes para solucionar la crisis migratoria. Las discrepancias entre los representantes de ambos continentes arrojaron un resultado mínimo. Medios internacionales reportaron que el compromiso que la Unión Europea formalizó en dicho evento para crear un fondo fiduciario de mil 800 millones de euros para combatir el problema migratorio. Este número resaltó frente a los 3 mil 600 millones que esperaban los representantes africanos.

Tanto países africanos como de la Unión Europea afirmaron buscar continuar luchando contra la inmigración ilegal, así como trabajar en el desarrollo de los países africanos vulnerables y «priorizar los regresos voluntarios».


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Ya en Italia, la oficina de migración le sugirió a Lamin iniciar un proceso de solicitud de asilo político, pero prefirió negarse e intentar llegar a Alemania.

«Decidí no quedarme ahí, no quería estar en Italia. Mucho menos gente habla inglés ahí y la comunicación iba a ser difícil».

Estuvo dos meses viviendo en el campo de refugiados mientras esperaba dinero que uno de sus tíos −hermano de su madre− le enviaría para viajar a Suiza. Ya con el dinero en mano, tomó un barco que lo llevó a Genova y de ahí un tren a Milán. De Milán tomó otro tren que llegó a Chiasso, en Suiza, donde fue interceptado por la policía de control fronterizo. No tenía ningún documento personal desde su asalto en Libia y el paso para continuar hacia Alemania le fue negado. Los oficiales le dieron dos opciones: solicitar el asilo político en Suiza o regresar a Italia.

Decidió volver a Milán. «Cuando llegué de nuevo a la estación pensé: “No, déjenme volver e intentarlo de nuevo”. Si fallaba otra vez, aplicaría para el asilo en Suiza».

Volvió a tomar el tren a Chiaso y esta vez la suerte estuvo de su lado. El personal de migración revisó el tren y cuenta Lamin que uno de los oficiales lo miró a los ojos unos segundos, permaneció en silencio y salió del tren sin decir nada.

«Era el único negro a bordo, cuando entraron sólo me quedé sentado, muy seguro de mí mismo. Hasta ahora no entiendo por qué no me preguntaron nada o me pidieron mis papeles, tal vez no quisieron ser racistas».

Siguió con su ruta hacia Basel y ahí transbordó a otro tren con destino a Karlsruhe, Alemania. En Italia había escuchado que en Karlsruhe los gambianos podían aplicar para un asilo político fácilmente, así que presentó su solicitud y lo transfirieron a Sigmaringen −al sur del país en el estado de Baden-Wüttenberg− para comenzar su proceso de registro. Una vez terminado, fue colocado en un campo de refugiados en Friedrichshafen, donde hoy vive.

La vida de Lamin como la mayoría de refugiados en Europa es limitada en todos los sentidos. Tiene un empleo de tiempo completo como ayudante de cocina. Despierta todos los días en una habitación de no más de 3 metros cuadrados y paredes completamente blancas que comparte con Musa, otro joven también de Gambia. Dentro hay dos camas litera, un refrigerador, tres sillas, un par de casilleros y una mesa pequeña de madera que sostiene una vieja televisión y un DVD. Durante sus primeros meses en el campo, cuando aún estaba desempleado, pasaba su tiempo libre entrenando y jugando fútbol o visitando cursos en inglés en Zeppelin University, donde también participó en actividades de convivencia e intercambios culturales con estudiantes alemanes y de otras partes del mundo.


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El portal electrónico de la Oficina Federal de Migración y Refugiados en Alemania ofrece públicamente toda la información concerniente al proceso de solicitud de asilo político. La información está disponible en idioma alemán, inglés, ruso y turco. Los solicitantes deben registrarse como peticionarios de asilo y presentar una instancia oficial. Formalizada su solicitud, son distribuidos en instalaciones de recepción dependiendo de la capacidad que las mismas tengan en ese momento y de los países de origen que manejen las diferentes oficinas. El porcentaje de aspirantes que cada región federal está obligada a recibir se define de acuerdo con la " Fórmula Königstein" y es calculado cada año con base en los recibos de impuestos y el total de población de cada región. Los peticionarios tienen un derecho de residencia y traslado únicamente dentro de Alemania mientras su proceso está pendiente. La aprobación o rechazo de las solicitudes se define por ley con una entrevista ejecutada por la Oficina de Migración. La decisión la determina la historia personal del inmigrante, las razones, las pruebas y detalles de su persecución.

El estado de Baden-Württemberg –al que pertenece la ciudad de Friedrichshafen– recibió al trece por ciento del total de inmigrantes que arribaron a Alemania en 2015. En el mismo año, Baden-Württemberg implementó una regulación en la que cubrió un presupuesto de 13 mil 260 euros por refugiado, lo que costeó más de tres cuartos del precio total estimado por persona y se complementó con la contribución económica de Friedrichshafen.

El periódico alemán Südkurier publicó a fines de enero de 2016 la llegada e instalación de 250 personas al albergue de refugiados ubicado en Fallenbrunnen 17, hogar actual de Lamin. El campo consiste de tres edificios contenedores con una cocina comunitaria cada uno, habitaciones dobles o familiares, una construcción extra con un cuarto para las máquinas de lavandería y un área grande casi vacía donde los niños juegan y se organizan cada cuándo actividades de recreación. Ahí mismo se ubica una oficina administrativa y de trabajo social que coordina y gestiona todo el movimiento dentro y fuera del campo, así como las entradas y salidas de personal, y el ingreso e integración de nuevos inmigrantes.

Michael Stratil –encargado del campo– comenta que los residentes africanos de ese y el resto de los campos en Alemania tienen pocas posibilidades de obtener un permiso de residencia. La razón preponderante son los motivos por los que huyen de sus países de origen. «No se trata de desplazamiento por situación de guerra como en el caso de Siria, sino de conflictos internos propios de las naciones que no pueden tener prioridad sobre la mayoría de refugiados sirios». Aún con esta posición del gobierno alemán, sólo el 30% de los solicitantes de asilo rechazados dejan el país voluntariamente o son deportados. La mayoría de las personas en el campo son originarias de Siria y otros países de Medio Oriente como Irak, Afganistán y Líbano. Los africanos son una minoría: gente de Nigeria, Etiopía, Eritrea y Gambia. Únicamente ocho personas de Gambia viven entre las 250 que habitan el campo.


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Aunque logró llegar al final del camino, la frustración lo acompaña y el hueco que dejó haber abandonado a su familia no se ha hecho más pequeño. «No importa cuántos amigos creas que tienes, nunca van a poder tomar el lugar de tu familia».

Actualmente tiene un permiso renovable de residente temporal válido por seis meses con el que tiene derecho a aplicar para un empleo y a viajar únicamente dentro de Alemania hasta que su proceso de asilo esté concluido. Cada mes recibe del gobierno 330 euros para su manutención y gastos personales.

«Si obtengo el permiso para quedarme me concentraré en aprender el idioma y buscar un mejor trabajo». Hasta hace poco tiempo Lamin no había aplicado para ningún empleo porque aguardaba su cita con la Oficina Internacional. De no recibir un permiso de residencia mayor, la opción sería renovar una vez más el válido por seis meses y tendrá derecho a asesoría legal para continuar el intento de obtener el documento.

«Yo no nací para vivir de alguien más. No te imaginas la sensación de vivir de un gobierno, y peor si no es el tuyo. Ahora que tengo un trabajo, aunque sea sencillo, me siento bien. Quiero poder ganar mi propio dinero y así poder ayudar a otros que, como yo, atraviesen una situación difícil en su país»

Ahora concluye, mirando por la ventana del autobus mientras piensa en su familia, en su novia, en su casa. Sabe que no ha terminado y aguarda impaciente por un futuro mejor.

«Hay veces en que mi humor cambia completamente, pienso en mi familia y en todos los buenos momentos que sé que ya no existen y que nunca podré reemplazar, pero sé que mientras haya vida hay esperanza y estoy esperando volver a encontrarme con ellos pronto».

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© 2020 Nayeli García Fotografía.  

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